La sorpresa de conocerte.

Al despertar, vi el brillo del sol traspasar por la ventana, después de una batalla contra el sueño y un bostezo largo, decidí sentarme por fin sobre la cama, frote mis ojos, y despeine mi cabello, cinco minutos después de una fija mirada hacía la nada, un suspiro largo dio comienzo a este día. Un tibió café yacía sobre mi taza favorita, acompañando un desayuno merecedor de mil aplausos, entre ambos me prometían total energía, y quise creerles. Salí gustoso respirando aire fresco entre estas calles heladas, me despedí de mi familia con un abrazo de tiempo infinito, salude a los vecinos levantando la mano como era debido, ahí iba yo, caminando hacia el destino que me aguardaba desde siempre, sujetando mi fiel portafolio negro, con rumbo a esa parada de autobús gris y solitaria, que me imploraba día con día compañía. Me senté sobre la banca sucia y fría, pensando en todo lo que quería, esperando una señal divina, calculando el tiempo que esto tardaría, lograr grandes cosas era algo que a mi ego ya le urgía. Entre tanta estupidez del pensamiento y tanta tontería del sentimiento, te vi pasar a lo lejos, sentía como el tiempo iba más despacio, te veía en cámara lenta mientras sonreías, debo confesarte que el impacto que tuviste en mí fue tanto, que no pude evitar preguntarme aquello que habitaba en tu pensamiento, pensarías tal vez en el proyecto de historia, en un libro de poesía, o quizá de maquillaje. ¿Cómo le explicaba a mi rostro que tenía que fingir el exceso de alegría?, que era vía publica, que no podía hacer el ridículo tan temprano, pues una sonrisa sutil delataba el sentimiento que seguramente tuvo Armstrong al llegar a la luna, no era un descubrimiento, pero así lo sentía, ¿En dónde habías estado todo este tiempo? te juro que saberlo en verdad me gustaría. Te alejabas poco a poco, y mi mirada seguía clavada sobre tu ser, el hermoso balanceo de tus caderas al caminar, hipnotizaron cada célula en mí, sabía que debía tenerte, sabía que tenía que buscarte, no quería perderte sin conseguirte, y si el universo me brindaba la oportunidad de besarte, haría cualquier cosa por jamás lastimarte, tiré todo y corrí a buscarte, corrí como si mi vida dependiera de ello, y es que así era, quería amarte, empece a escribir un guión mental, con aquello que tenía que preguntarte, lo que debía comentarte, sinceramente para mí eras la mujer más bella que mis recuerdos tenían, por fin te encontré, me plante frente a ti, agitado por tan maratónico recorrido, sólo podía sonreírte mientras recobraba el oxigeno, te veías sorprendida y asustada, tome tu hombro, pedí que no tuvieras miedo, platique que te había observado mientras esperaba el transporte para ir a mi trabajo, que me habías parecido la mujer más hermosa del universo, que había sentido como si necesitara conocerte, hablaba tantas locuras que no sabías si  reír o correr, te encontrabas incrédula, me veías como un patético hombre intentando convencerte de cosas ridículas, diciéndote que presentía que este encuentro era obra de un Dios, ahí estaba yo, decidió a plantearte la estrategia que había imaginado en tan odisea carrera. Quise tu nombre, y a duras penas logre conseguirlo. Mi ilusión se iba esfumando con cada gesto en tu rostro mientras hablaba, me rendí después de aquella reacción inconsciente que hace el cuerpo cuando se siente hostigado, sólo pude pedirte disculpas, y es que el encanto que me habías provocada, también había cegado totalmente mi razón, ¿Qué esperaba realmente, que te abalanzaras sobre mis brazos, me besarás y me pidieras estar a mi lado por siempre? que estúpido me sentí, me despedí con notable vergüenza, me dijiste que no me preocupara al mismo tiempo que sonreías, ¿En serio? pensé, ¿Justo ahora tenías que sonreír?, escuchaba como el corazón se me rompía, ¿No podías simplemente haberte marchado? sin hacer eso que me había convertido en lo que soy en este momento, un payaso ridiculizado frente al mundo. Dijiste adiós, lo entendí como el final de esta corta historia, te habías marchado para siempre. Volví a la banca fría donde te había encontrado, mi portafolio aún me esperaba ahí, me sentía consternado por tan épica escena, llego mi transporte, subí sin entusiasmo, me senté a lado de la ventanilla observando el trayecto que veía diariamente, me parecía pálido todo el paisaje, con colores tristes, y sombríos. Miré mi reloj para enterarme que tan tarde iba, como si necesitara una preocupación más, no podía darme el lujo de perder el trabajo, y menos hoy después de perder el amor. Al llegar a la próxima estación, note agitado mi corazón, y como apretaban con fuerza mi mano, sujetándola como si quisieran que me quedará atado para siempre, sentí un beso en mis mejillas, y al escuchar un buenos días, pude abrir los ojos, parpadeaba consternado, me encontraba nuevamente frente a su rostro, tenía el privilegio de maravillarme con esa hermosa sonrisa otra vez, eras tú, la de aquella parada de autobús, la que detuvo mi tiempo por varios segundos, quien me hizo ilusionar y morir en tan poco tiempo, quien me había mandado Dios, el amor de mi vida. Fui entrando en la realidad, entendí que todo había sido sólo una pesadilla, y que la mujer más hermosa del mundo, ya era mía.







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